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Para difundir las enseñanzas de Emanuel Swedenborg en el mundo hispanohablante.

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EL CIELO

35

El Cielo y el Infierno son propios de la especie humana

311. En el mundo cristiano se ignora completamente que el cielo y el infierno son del género humano; porque se cree que los ángeles fueron creados desde el principio, y que de allí viene el cielo, así como que el diablo o Satanás era un ángel de luz, pero llegando a rebelarse fue precipitado con su turba, y que de esto viene el infierno. Que semejante fe haya en el mundo cristiano, extraña en alto grado a los ángeles; y aun más el que nada en absoluto se sabe acerca del cielo, siendo esto, sin embargo, lo principal de la doctrina de la iglesia, y viendo que reina tal ignorancia se han alegrado cordialmente de que ha placido al Señor ahora revelar al género humano varias cosas del cielo y también del infierno, y por medio de ello, en cuanto sea posible, disipar las tinieblas que diariamente van aumentando, puesto que la iglesia ha llegado cerca de su fin. Por esto quieren que declare yo, como de boca de ellos, que en el cielo entero no hay un solo ángel que haya sido creado ángel desde el principio, ni en el infierno diablo alguno que haya sido creado ángel de la luz y precipitado, sino que todos, tanto en el cielo cuanto en el infierno, son del género humano, en el cielo los que en el mundo han vivido en amor y fe celestial, en el infierno los que han vivido en amor y fe infernal, y que el infierno en su conjunto es lo que se llama Diablo y Satanás; Diablo aquel infierno que está detrás, donde están los que se llaman malos genios, y Satanás el infierno que está delante, donde están los que se llaman malos espíritus. Cual y como es el uno y cual y como el otro se dirá más adelante. La causa de que el mundo cristiano ha adoptado tal creencia acerca de los que están en el cielo y de los que están en el infierno, dicen que es el haber entendido ciertos pasajes del Verbo sólo según el sentido literal y no haber sido estos ilustrados y explicados mediante la verdadera doctrina, sacada del Verbo, porque el sentido literal del Verbo, sin precederlo y aclararlo la verdadera doctrina, distrae las mentes por varias cosas; de aquí vienen ignorancia, herejías y errores.

312. Una causa de que el hombre de la iglesia tiene esta creencia es también el creer que ningún hombre va al cielo ni al infierno hasta el día del último juicio, acerca del cual se han formado la opinión de que entonces perecerán todas las cosas que se hallan delante de los ojos, y que aparecerán nuevas cosas, debiendo entonces el alma volver a su cuerpo, mediante cuya conjunción el hombre volverá a vivir como hombre: esta fe envuelva la otra, referente a los ángeles, de que son creados ángeles desde el principio, porque no se puede creer que el cielo y el infierno son del género humano cuando se cree que ningún hombre entra en ellos hasta el fin del mundo. Pero a fin de que se convenza el hombre de que no es así me ha sido concedido estar en consorcio con los ángeles, y también hablar con los que están en el infierno y esto ahora durante varios años, a veces desde por la mañana hasta por la tarde, adquiriendo así información acerca del cielo y del infierno, y esto con el fin de que el hombre de la iglesia no permanezca más en su creencia errónea acerca de la resurrección en el día del juicio, y del estado intermedio del alma, y también acerca de los ángeles y del diablo, cuya fe, puesto que es una fe en mentiras, envuelve en tinieblas, introduce en dudas y finalmente en negación a los que piensan acerca de ello por su propia inteligencia, porque dicen en su corazón: "¿Cómo puede destruirse y desaparecer un cielo tan grande, con tantas constelaciones, y con el sol y la luna? y ¿cómo pueden entonces las estrellas caer del cielo sobre la tierra, siendo, sin embargo, más grandes que la tierra? y ¿cómo pueden los cuerpos consumidos por los gusanos y deshechos por la putrefacción, dispersos por todos vientos, volver a juntarse con su alma? el alma entretanto ¿dónde está? y ¿cómo es, no poseyendo el sentido que poseía mientras que estaba en el cuerpo?" y otras cosas parecidas, que por ser incomprensibles, no entran en la fe, y que en muchas personas destruyen la fe referente a la vida del alma después de la muerte, al cielo y al infierno y con estas las demás verdades pertenecientes a la fe de la iglesia. Que las destruyen es evidente por los que dicen: "¿Quién ha venido del cielo a nosotros contándonos que existe? ¿Qué es esto, que el hombre ha de ser atormentado por fuego eternalmente? el día del juicio ¿qué es? ¿Acaso no lo han esperado en vano durante siglos?" y otras varias cosas propias de la negación absoluta. Con el fin, pues, de que los que tales cosas piensan, lo cual suelen hacer muchos de los que se llaman eruditos y doctos por las cosas mundanas en las que son entendidos, no más perturben y seduzcan a los simples de fe y de corazón, introduciéndoles en tinieblas infernales con respecto a Dios, al cielo y a la vida eterna, y a las demás cosas que dependen de estas, han sido abiertas por el Señor las cosas interiores, que son de mi mente, siéndome así permitido hablar con los muertos, todos cuantos jamás conocí en la vida del cuerpo, con algunos durante días, con algunos durante meses, y con algunos durante un año, y también con muchos otros, tantos que diría poco si dijera cien mil, de los cuales unos estaban en los cielos, otros en los infiernos. Con algunos he hablado también dos días después, de su fallecimiento, y les he informado de que preparaban ahora sus funerales y exequias, a fin de que fuesen sepultados; a lo cual dijeron que hacían bien en desechar lo que les había servido de cuerpo y para las funciones de este en el mundo; y querían que dijese que no estaban muertos, sino que vivían tan hombres ahora como antes; que sólo habían transmigrado de un mundo a otro mundo, y que no tenían conocimiento de haber perdido cosa alguna, viendo que se hallaban con cuerpo y con las cosas sensuales del mismo, como antes, y también con entendimiento y con voluntad, teniendo sensaciones y deseos similares a los que tenían cuando estaban en el mundo. La mayor parte de los recién muertos, al verse vivir hombres como antes y en igual estado (porque después de la muerte tiene cada uno al principio un estado de vida igual al que tenía en el mundo, pero este cambia en él poco a poco, bien en cielo, o bien en infierno), sentían nuevo goce por vivir y decían que no hubieran creído esto; pero se extrañaban mucho de haber estado en tal ignorancia y ceguedad con respecto al estado de su vida después de la muerte, y más aun de que el hombre de la iglesia se halla tan ignorante y ciego cuando, sin embargo, con preferencia de los demás en el orbe terrestre entero, podría estar en luz con respecto a estas cosas. La causa de esta ceguedad e ignorancia veían sólo entonces; y era que las cosas externas que son las exteriores y corporales habían ocupado y llenado sus mentes tanto que no. podían ser elevadas a la luz del cielo, y contemplar las cosas de la iglesia por encima de las doctrinas, porque las cosas corporales y mundanas, cuando son amadas tanto como en el tiempo actual sólo dan de sí tinieblas, cuando se penetra más allá.

313. Gran número de los eruditos del mundo cristiano quedan como estupefactos cuando después de la muerte se ven con cuerpo, con vestidos y en casas como en el mundo. Y cuando recuerdan en la memoria lo que habían pensado acerca de la vida después de la muerte, acerca del alma, de los espíritus, del cielo y del infierno, sienten vergüenza, y dicen que han pensado neciamente y que los simples de fe han pensado mucho más sabiamente que ellos. Los eruditos, quienes se han confirmado en tales ideas, y atribuido todo a la naturaleza, han sido examinados, y se ha encontrado que sus cosas interiores han estado completamente cerradas y las exteriores abiertas de manera que no miraban al cielo sino al mundo, por consiguiente también al infierno; porque cuanto las cosas interiores están abiertas, tanto mira el hombre al cielo; pero cuanto las cosas interiores se hallan cerradas y las exteriores abiertas, tanto mira al infierno; porque las cosas interiores del hombre son formadas a la recepción de todo en el cielo, y las exteriores a la recepción de todo en el mundo, y él que recibe el mundo y no al mismo tiempo el cielo, recibe el infierno.

314. Que el cielo proviene del género humano puede constar también por el que las mentes angelicales y las mentes humanas son parecidas; ambas gozan de la facultad de entender, percibir y querer; ambas están formadas al recibimiento del cielo, porque la mente humana es sabia igualmente que la mente angelical, pero la razón por la cual no es tan sabía en el mundo es que se halla en el cuerpo terrestre, y en este su mente espiritual piensa de una manera natural. Diferente es el caso cuando está libre del vínculo de ese cuerpo, entonces no piensa ya más de una manera natural sino de una manera espiritual, y cuando piensa de una manera espiritual piensa cosas que para el hombre natural son incomprensibles e indecibles, es decir, que es sabio como un ángel; por lo cual puede constar que lo interior del hombre, que se llama su espíritu, es en su esencia ángel (véase arriba, n. 57), el cual, al quedar libre del cuerpo terrestre se halla en forma humana igualmente que el ángel. Que un ángel se halla en perfecta forma humana puede verse arriba (n. 73-77); pero cuando, por otra parte, lo interior del hombre no se halla abierto por arriba, sino tan sólo por debajo, se halla después de la resurrección del cuerpo también en forma humana, pero en una forma horrible y diabólica; porque no puede mirar hacia arriba al cielo sino tan sólo hacia abajo al infierno.

315. Él que tiene conocimiento del Divino orden puede también entender que el hombre es creado al objeto de que sea ángel, puesto que en él está lo último del orden (n. 304); en lo cual puede ser formada la celestial y angelical sabiduría y asimismo renovada y multiplicada. El Divino orden nunca se detiene en el medio ni efectúa allí formación alguna, sin lo último, porque no se halla allí en su plenitud y perfección, sino que prosigue a lo último y una vez en su último efectúa formaciones, y por los medios allí reconcentrados se renueve y produce ulteriormente, verificándose esto mediante procreación, por lo cual se halla allí el seminario del cielo.

316. Que el Señor resucitó no sólo en cuanto al espíritu, sino también en cuanto al cuerpo, fue porque el Señor, cuando estaba en el mundo, glorificó todo Su Humano, es decir, lo hizo Divino. El alma que Él tenía del Padre era en y por sí lo Divino Mismo, y el cuerpo fue hecho semejanza del alma, esto es, semejanza del Padre, es decir, también Divino. De ahí viene que Él, diferentemente de todo otro hombre, resucitó con respecto a ambos, lo cual también manifestó a los discípulos quienes al verle creían ver a un espíritu:

Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy, palpad y ved, que el espíritu no tiene carne ni huesos como veis que yo tengo (Lucas 24: 36-39),

indicando así que Él es hombre no sólo en cuanto al espíritu, sino también en cuanto al cuerpo.

A fin de que se sepa que el hombre vive después de la muerte, y según su vida en el mundo, va, o bien al cielo o bien al infierno, me han sido manifestadas cosas referentes al estado del hombre después de la muerte de las cuales hablaremos por su orden más adelante, donde trataremos del mundo de los espíritus.