EL CIELO
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El Cielo y el Infierno son propios de la especie humana
311. En
el mundo cristiano se ignora completamente que el cielo y el infierno
son del género humano; porque se cree que los ángeles fueron creados
desde el principio, y que de allí viene el cielo, así como que el diablo
o Satanás era un ángel de luz, pero llegando a rebelarse fue precipitado
con su turba, y que de esto viene el infierno. Que semejante fe haya en
el mundo cristiano, extraña en alto grado a los ángeles; y aun más el
que nada en absoluto se sabe acerca del cielo, siendo esto, sin embargo,
lo principal de la doctrina de la iglesia, y viendo que reina tal
ignorancia se han alegrado cordialmente de que ha placido al Señor ahora
revelar al género humano varias cosas del cielo y también del infierno,
y por medio de ello, en cuanto sea posible, disipar las tinieblas que
diariamente van aumentando, puesto que la iglesia ha llegado cerca de su
fin. Por esto quieren que declare yo, como de boca de ellos, que en el
cielo entero no hay un solo ángel que haya sido creado ángel desde el
principio, ni en el infierno diablo alguno que haya sido creado ángel de
la luz y precipitado, sino que todos, tanto en el cielo cuanto en el
infierno, son del género humano, en el cielo los que en el mundo han
vivido en amor y fe celestial, en el infierno los que han vivido en amor
y fe infernal, y que el infierno en su conjunto es lo que se llama
Diablo y Satanás; Diablo aquel infierno que está detrás, donde están los
que se llaman malos genios, y Satanás el infierno que está delante,
donde están los que se llaman malos espíritus. Cual y como es el uno y
cual y como el otro se dirá más adelante. La causa de que el mundo
cristiano ha adoptado tal creencia acerca de los que están en el cielo y
de los que están en el infierno, dicen que es el haber entendido ciertos
pasajes del Verbo sólo según el sentido literal y no haber sido estos
ilustrados y explicados mediante la verdadera doctrina, sacada del
Verbo, porque el sentido literal del Verbo, sin precederlo y aclararlo
la verdadera doctrina, distrae las mentes por varias cosas; de aquí
vienen ignorancia, herejías y errores.
312. Una
causa de que el hombre de la iglesia tiene esta creencia es también el
creer que ningún hombre va al cielo ni al infierno hasta el día del
último juicio, acerca del cual se han formado la opinión de que entonces
perecerán todas las cosas que se hallan delante de los ojos, y que
aparecerán nuevas cosas, debiendo entonces el alma volver a su cuerpo,
mediante cuya conjunción el hombre volverá a vivir como hombre: esta fe
envuelva la otra, referente a los ángeles, de que son creados ángeles
desde el principio, porque no se puede creer que el cielo y el infierno
son del género humano cuando se cree que ningún hombre entra en ellos
hasta el fin del mundo. Pero a fin de que se convenza el hombre de que
no es así me ha sido concedido estar en consorcio con los ángeles, y
también hablar con los que están en el infierno y esto ahora durante
varios años, a veces desde por la mañana hasta por la tarde, adquiriendo
así información acerca del cielo y del infierno, y esto con el fin de
que el hombre de la iglesia no permanezca más en su creencia errónea
acerca de la resurrección en el día del juicio, y del estado intermedio
del alma, y también acerca de los ángeles y del diablo, cuya fe, puesto
que es una fe en mentiras, envuelve en tinieblas, introduce en dudas y
finalmente en negación a los que piensan acerca de ello por su propia
inteligencia, porque dicen en su corazón: "¿Cómo puede destruirse y
desaparecer un cielo tan grande, con tantas constelaciones, y con el sol
y la luna? y ¿cómo pueden entonces las estrellas caer del cielo sobre la
tierra, siendo, sin embargo, más grandes que la tierra? y ¿cómo pueden
los cuerpos consumidos por los gusanos y deshechos por la putrefacción,
dispersos por todos vientos, volver a juntarse con su alma? el alma
entretanto ¿dónde está? y ¿cómo es, no poseyendo el sentido que poseía
mientras que estaba en el cuerpo?" y otras cosas parecidas, que por ser
incomprensibles, no entran en la fe, y que en muchas personas destruyen
la fe referente a la vida del alma después de la muerte, al cielo y al
infierno y con estas las demás verdades pertenecientes a la fe de la
iglesia. Que las destruyen es evidente por los que dicen: "¿Quién ha
venido del cielo a nosotros contándonos que existe? ¿Qué es esto, que el
hombre ha de ser atormentado por fuego eternalmente? el día del juicio
¿qué es? ¿Acaso no lo han esperado en vano durante siglos?" y otras
varias cosas propias de la negación absoluta. Con el fin, pues, de que
los que tales cosas piensan, lo cual suelen hacer muchos de los que se
llaman eruditos y doctos por las cosas mundanas en las que son
entendidos, no más perturben y seduzcan a los simples de fe y de
corazón, introduciéndoles en tinieblas infernales con respecto a Dios,
al cielo y a la vida eterna, y a las demás cosas que dependen de estas,
han sido abiertas por el Señor las cosas interiores, que son de mi
mente, siéndome así permitido hablar con los muertos, todos cuantos
jamás conocí en la vida del cuerpo, con algunos durante días, con
algunos durante meses, y con algunos durante un año, y también con
muchos otros, tantos que diría poco si dijera cien mil, de los cuales
unos estaban en los cielos, otros en los infiernos. Con algunos he
hablado también dos días después, de su fallecimiento, y les he
informado de que preparaban ahora sus funerales y exequias, a fin de que
fuesen sepultados; a lo cual dijeron que hacían bien en desechar lo que
les había servido de cuerpo y para las funciones de este en el mundo; y
querían que dijese que no estaban muertos, sino que vivían tan hombres
ahora como antes; que sólo habían transmigrado de un mundo a otro mundo,
y que no tenían conocimiento de haber perdido cosa alguna, viendo que se
hallaban con cuerpo y con las cosas sensuales del mismo, como antes, y
también con entendimiento y con voluntad, teniendo sensaciones y deseos
similares a los que tenían cuando estaban en el mundo. La mayor parte de
los recién muertos, al verse vivir hombres como antes y en igual estado
(porque después de la muerte tiene cada uno al principio un estado de
vida igual al que tenía en el mundo, pero este cambia en él poco a poco,
bien en cielo, o bien en infierno), sentían nuevo goce por vivir y
decían que no hubieran creído esto; pero se extrañaban mucho de haber
estado en tal ignorancia y ceguedad con respecto al estado de su vida
después de la muerte, y más aun de que el hombre de la iglesia se halla
tan ignorante y ciego cuando, sin embargo, con preferencia de los demás
en el orbe terrestre entero, podría estar en luz con respecto a estas
cosas. La causa de esta ceguedad e ignorancia veían sólo entonces; y era
que las cosas externas que son las exteriores y corporales habían
ocupado y llenado sus mentes tanto que no. podían ser elevadas a la luz
del cielo, y contemplar las cosas de la iglesia por encima de las
doctrinas, porque las cosas corporales y mundanas, cuando son amadas
tanto como en el tiempo actual sólo dan de sí tinieblas, cuando se
penetra más allá.
313.
Gran número de los eruditos del mundo cristiano quedan como estupefactos
cuando después de la muerte se ven con cuerpo, con vestidos y en casas
como en el mundo. Y cuando recuerdan en la memoria lo que habían pensado
acerca de la vida después de la muerte, acerca del alma, de los
espíritus, del cielo y del infierno, sienten vergüenza, y dicen que han
pensado neciamente y que los simples de fe han pensado mucho más
sabiamente que ellos. Los eruditos, quienes se han confirmado en tales
ideas, y atribuido todo a la naturaleza, han sido examinados, y se ha
encontrado que sus cosas interiores han estado completamente cerradas y
las exteriores abiertas de manera que no miraban al cielo sino al mundo,
por consiguiente también al infierno; porque cuanto las cosas interiores
están abiertas, tanto mira el hombre al cielo; pero cuanto las cosas
interiores se hallan cerradas y las exteriores abiertas, tanto mira al
infierno; porque las cosas interiores del hombre son formadas a la
recepción de todo en el cielo, y las exteriores a la recepción de todo
en el mundo, y él que recibe el mundo y no al mismo tiempo el cielo,
recibe el infierno.
314. Que
el cielo proviene del género humano puede constar también por el que las
mentes angelicales y las mentes humanas son parecidas; ambas gozan de la
facultad de entender, percibir y querer; ambas están formadas al
recibimiento del cielo, porque la mente humana es sabia igualmente que
la mente angelical, pero la razón por la cual no es tan sabía en el
mundo es que se halla en el cuerpo terrestre, y en este su mente
espiritual piensa de una manera natural. Diferente es el caso cuando
está libre del vínculo de ese cuerpo, entonces no piensa ya más de una
manera natural sino de una manera espiritual, y cuando piensa de una
manera espiritual piensa cosas que para el hombre natural son
incomprensibles e
indecibles, es decir, que es sabio como un ángel; por lo cual puede
constar que lo interior del hombre, que se llama su espíritu, es en su
esencia ángel (véase arriba, n. 57), el cual, al quedar libre del
cuerpo terrestre se halla en forma humana igualmente que el ángel. Que
un ángel se halla en perfecta forma humana puede verse arriba (n.
73-77); pero cuando, por otra parte, lo interior del hombre no se halla
abierto por arriba, sino tan sólo por debajo, se halla después de la
resurrección del cuerpo también en forma humana, pero en una forma
horrible y diabólica; porque no puede mirar hacia arriba al cielo sino
tan sólo hacia abajo al infierno.
315. Él
que tiene conocimiento del Divino orden puede también entender que el
hombre es creado al objeto de que sea ángel, puesto que en él está lo
último del orden (n. 304); en lo cual puede ser formada la celestial y
angelical sabiduría y asimismo renovada y multiplicada. El Divino orden
nunca se detiene en el medio ni efectúa allí formación alguna, sin lo
último, porque no se halla allí en su plenitud y perfección, sino que
prosigue a lo último y una vez en su último efectúa formaciones, y por
los medios allí reconcentrados se renueve y produce ulteriormente,
verificándose esto mediante procreación, por lo cual se halla allí el
seminario del cielo.
316. Que
el Señor resucitó no sólo en cuanto al espíritu, sino también en cuanto
al cuerpo, fue porque el Señor, cuando estaba en el mundo, glorificó
todo Su Humano, es decir, lo hizo Divino. El alma que Él tenía del Padre
era en y por sí lo Divino Mismo, y el cuerpo fue hecho semejanza del
alma, esto es, semejanza del Padre, es decir, también Divino. De ahí
viene que Él, diferentemente de todo otro hombre, resucitó con respecto
a ambos, lo cual también manifestó a los discípulos quienes al verle
creían ver a un espíritu:
Mirad
mis manos y mis pies, que yo mismo soy, palpad y ved, que el espíritu no
tiene carne ni huesos como veis que yo tengo (Lucas 24: 36-39),
indicando así que Él es hombre no sólo en cuanto al espíritu, sino
también en cuanto al cuerpo.
A fin de
que se sepa que el hombre vive después de la muerte, y según su vida en
el mundo, va, o bien al cielo o bien al infierno, me han sido
manifestadas cosas referentes al estado del hombre después de la muerte
de las cuales hablaremos por su orden más adelante, donde trataremos del
mundo de los espíritus.
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